August 2025
MAÇAKIZI, LA REINA TURCA
¿Sabría Ayla Emiroğlu que su bohemio Maçakızı iba a terminar siendo una leyenda hotelera en Bodrum?
POR QUÉ RESERVAR
Hablar de Maçakızı es hablar de lujo, por descontado, pero es también hablar de un lugar que rebosa estilo, carisma, espíritu bohemio, hedonismo. Oculto entre olivares, buganvillas y pinos, este hotel es apenas imperceptible tanto desde la tierra como desde el mar. Es el reflejo perfecto de las vacaciones soñadas, de ese lugar que podría protagonizar cualquier película.
EL HOTEL
Consagrado como un clásico en la vacacional península de Bodrum, se podría describir el hotel como el chico malo de buena familia. Carismático, el espíritu rebelde y bohemio propio de los setenta se conjuga con una privacidad exquisita y un elevado gusto por el detalle. Aquí el lujo está en el detalle, en el placer de estar en un lugar de casi 80 habitaciones pero sin parecerlo. En caminar entre parterres y disponer de villas donde disfrutar de unas vistas de ensueño. En poder estar solo si se quiere, pero disponer de uno de los puntos de meollo más exclusivos de la zona con solo descender a su piscina. Esa piscina, sin duda de los mejores spot que uno puede imaginar.
HISTORIA
Antes de que Bodrum fuera la Saint-Tropez turca, con jets privados, enormes yates y lista de espera para todo, Ayla Emiroğlu ya estaba allí. Corría el año 1977 cuando abrió una pensión en un lugar donde las carreteras y el turismo brillaban por su ausencia. Pero ella, que todo el mundo que la conoció la tacha de visionaria, debió ver el potencial del lugar. Su B&B se llamó Maçakızı, que se traduce como ‘la reina de picas’, como la llamaban sus amigos. Tenía pocas habitaciones, baños compartidos, mezze casero y un jardín salvaje de limoneros y buganvillas. ¿Qué hizo convertir este lugar en un atractivo para la jet set más bohemia? El carácter de ella.
Dos décadas después, su hijo Sahir Erozan decidió continuar el legado familiar adaptando Maçakizi al lujo contemporáneo pero sin perder su esencia. El resultado es un espacio abierto al mar, escondido entre naturaleza, donde menos es más. Madera, piedra, arquitectura sencilla y plantas por doquier recuerdan que no es la ostentosidad lo que marca la diferencia, si no la energía. Y en Maçakızı es mágica, como llegar a casa por Navidad.
DISEÑO
Todo en el hotel está pensado para abrazar la luz del Egeo. Terraza a terraza, el hotel está encaramado a una ladera, asomándose aquí y allá con discreción. Las buganvillas le dan toques de color al diseño mediterráneo del hotel, donde priman los colores crudos, (mucho) arte discreto y materiales naturales.
Desde unos grandes ventanales uno disfruta de las vistas mientras arranca el día con un exquisito desayuno. Es la parte alta del hotel. Un camino lleva ora una piscina perfecta para niños, ora el spa – donde abandonarse a la piedra caliente de mármol del hammam–. Ya casi a nivel de mar aparece el restaurante Maçakızı, ajetreado a todas horas. Y debajo de él, la gran joya del hotel: su beach club abierto al mar con un precioso embarcadero de madera y tumbonas.
LAS HABITACIONES
Todo en el hotel respira lujo natural. Y las estancias no son menos. Las habitaciones blancas y gris pardo son encantadoras. Como la casa de campo de un amigo adinerado donde nada sobra, nada falta. Sábanas suaves, duchas amplias, una terraza privada, buganvillas que aportan sombra.
GASTRONOMÍA
La cocina de Aret Sahakyan se ha ganado a pulso la lista de espera que tiene cada verano. Cuando Sahir tomó el mando, llamó a este cocinero amigo formado en restaurantes italianos y franceses de Washington. Ya son dos décadas al mando de una cocina de producto y recetario local cuyo brunch en formato buffet le ha valido estrella Michelin.
Este hotel se disfruta de desayuno a cena. El día arranca con quesos locales, frutas y verduras de temporada (muy típico el pimiento verde en los desayunos turcos), simit (pan turco), miel natural, yogur… El desayuno es todo un ritual aquí. Aunque el almuerzo tampoco se queda corto. Tras un buen baño, la zona de restaurante se llena de vaporosos caftanes dispuesta a disfrutar de una carta donde no falta el pescado fresco del día, unas sugerentes pastas caseras, o una buena selección de meze reinterpretados, tampoco el vino turco. Aunque es su buffet el que tanto huéspedes como visitantes reservan con fervor.
Éste es un homenaje al que Ayla preparaba cada mediodía en su guesthouse. De hecho, se sigue dando un toque de gong para anunciar que todo está preparado. Dichosos los ojos que puedan ver en directo este festín. Ensaladas con hierbas del huerto, berenjenas y pimientos en todas sus formas, arroces, pastas y, por supuesto, clásicos como albóndigas de cordero.
El año pasado estrenó el hotel Ayla, para solo 30 comensales. La apuesta fine dining es un corto pero acertado menú degustación. Nuevamente en la sencillez reside el éxito. Sobre una plataforma, solo seis mesas con vistas al mar invitan a disfrutar de una experiencia en actos, como si de un teatro (o película) se tratase. Una carta de amor a la gastronomía turca donde muchos de los productos, orgánicos, son cultivados ad hoc en las granjas de la zona. Se huye de la rigidez y de la imposición incluso aquí, donde es el comensal el que elige qué tomará en cada acto, si será el Milhojas de remolacha, corek, kaymak (tipo nata montada) y caviar o prefiere dejarse seducir por el Tarama, con alcachofas, huevas de pescado y bottarga.
EL EQUIPO
Como no podía ser de otra forma, es eficiente pero sin ser intrusivo, siempre atento, siempre elegante.
EL DETALLE
Para aquellos que buscan todavía más privacidad, el hotel ha estrenado la Villa Maçakızı, una propiedad con diez habitaciones, piscina infinita, embarcadero propio y cocina personalizada a cargo del chef Carlo Bernardini.